Los primeros capítulos
Los Ocho Velos
Capítulo1
La casa huele a caldo aguado y a humedad. El cuenco de mi madre, intacto, refleja la ventana, rígido en la mesa, como si esperara sus manos. Sentada en su silla, mira hacia ninguna parte, con los dedos cosidos al regazo por una quietud aprendida. Emery parte su pedazo de pan, lo deja sobre la superficie de madera y empuja el trozo más grande hacia mí.
—Aloe, come —ordena mi hermana.
Obedezco, aunque sabe a piedra. Masticar es una forma de contar el tiempo sin reloj: siete mordidas por bocado, veintiocho por mitad de pan, suficiente para fingir que mi estómago gruñe de satisfacción y no de hueco.
Me inclino para beber un poco del caldo y ayudarme a tragar, y el líquido, casi transparente, me devuelve una cara de tez pálida, ojos del color de la miel y un mechón de pelo rubio oscuro pegado a la sien por la humedad.
Emery sorbe de su cuenco y, como si fuera una costumbre más antigua que el hambre, arrima el libro a la llama de la vela.
Es mi favorito: un tomo grueso y sin título, con el lomo rajado por los años pero donde todavía se conserva un símbolo grabado a fuego, un círculo cuarteado por líneas irregulares que no llegan a tocarse, igual que si ocho manos hubieran intentado romperlo desde dentro.
—Léelo otra vez —pido, con la boca aún llena—. La parte de las voces.
Em me mira con sus cansados ojos verdes y esboza una tenue sonrisa, porque ya lo está abriendo por una de las páginas marcadas con la esquina doblada. Mi madre carraspea para que hablemos más bajo.
Apenas reconozco a la persona sentada a mi lado. Tiene el rostro de mamá, aunque sé que es imposible que lo sea, porque la mujer que fue mi luz hace años ahora no es más que sombra. Me cuesta incluso recordar la última vez que charlamos. Cuatro años atrás, el intruso que se llevó a mi padre también la arrancó de mi vida, y desde entonces todo quedó suspendido. Al menos aún cuento con mi hermana.
—Las brujas originales —empieza Emery, con lo que me saca de mi ensimismamiento—, cuando el mundo todavía no sabía sus nombres, invocaron un poder imposible de comprender. Los hombres tenían miedo; las mujeres, también. Así nacieron las hogueras. Y cuando ya no alcanzaron a quemarlas a todas, los cazadores buscaron otra solución.
Termino el mendrugo de pan que estoy mascando y paseo la mirada por la habitación. Todo está en su sitio: el banco desvencijado, las botas remendadas, el cubo bajo la eterna gotera. Fuera, la lluvia deshace el polvo de la calle en una pasta gris.
—¿Los velos? —digo, sabiendo la respuesta.
—Los ocho velos —confirma Emery—. Sellaron su poder en ocho portadoras escondidas entre los mortales. Y dejaron voces para que, cuando se diera el momento, fuesen encontradas.
—¿Qué pasa si alguien oye las voces? —me atrevo a preguntar—. De verdad, digo.
Emery baja el tono, casi susurrando.
—Depende de quién lo haga.
—¿Y si es alguien normal?
—Nadie es normal, Loe.
La respuesta no ayuda. Resoplo.
—Hablo en serio.
—Yo también —afirma ella, y esta vez me mira fijamente—. Las historias de los velos cuentan que las portadoras se reconocen en sueños, en susurros, en símbolos que se repiten. Pero también se dice que la gente oye cosas cuando tiene hambre, cuando tiene miedo o cuando vive demasiado tiempo cerca del fuego. No todo lo que se cuela en tu cabeza es magia. Y creo que lo de las voces es simplemente una manera exótica de hablar.
—¿Tú crees que las encontrarán? —pregunto, y aparto la mirada de mi madre; porque es más fácil preguntar al vacío que al hueco que tenemos en casa.
—¿A las portadoras?
Asiento.
—Siempre hay alguien que encuentra lo que teme —contesta Emery—, o lo que desea.
Pasa la yema del dedo por el símbolo del lomo, como queriendo borrarlo o hundirlo más en la piel del libro. La vela chisporrotea y por un instante la estancia parece encogerse.
—¿Tú qué opinas de ellas? —pregunto—. ¿Tenían miedo o… lo deseaban?
Emery tarda en contestar. Cierra un momento el libro con una mano, como si necesitara que las palabras allí escritas se callasen para pensar.
—Supongo que las dos cosas, o quizá ninguna. A lo mejor ni siquiera saben que lo son —comenta al fin—. Nadie lleva un poder así sin romperse un poco por dentro. Pero, Loe, solo son leyendas.
Me imagino a ocho mujeres caminando entre gente normal, ocultando un secreto que nadie más ve. La idea me eriza el vello de los brazos. Me froto la piel, más por costumbre que por frío.
—También lo son las brujas —murmuro—. Y, sin embargo, las siguen cazando… aunque afirman que ya han acabado con todas.
Emery suelta una risa breve, sin alegría.
—Eso es lo que repiten en la plaza, Loe. Que no queda ninguna, que estamos a salvo. Lo dicen cada vez que levantan otra hoguera.
Mi madre parpadea. Es un gesto minúsculo, casi un espasmo, pero lo veo.
—Mamá —susurro inclinándome hacia ella—, ¿tienes frío?
Pero, para sorpresa de nadie, no hay respuesta. Su pecho sube y baja despacio, obediente a un ritmo que no parece suyo. Tiene las trenzas mal hechas desde hace días; un mechón blanco se escapa y le cae sobre la frente. Se lo aparto con cuidado. Mi madre —la que yo conozco— habría protestado, habría dicho que la dejase, que no necesitaba ayuda, que no era una vieja. Sin embargo, esta mujer ni siquiera frunce el ceño.
Emery sigue con la vista sobre el libro, se niega a mirarla. Yo aún tengo la esperanza de recuperarla algún día, pero sé que, para mi hermana mayor, es un mueble más de la casa. Ignoro si el motivo es rencor, dolor, odio o tener que haberme criado como una hija siendo solamente siete años menor, o quizá una mezcla de todas.
Me interrumpe mis pensamientos cuando sigue leyendo, aunque en voz más baja.
—La creación de los sellos por parte de las brujas originales transfirió, en contra de su voluntad, una fracción de su poder a las portadoras, complicando así la apertura de cada velo, pues para abrirlo la portadora debe…
—¿Qué es ese olor? —la corto, aunque sé perfectamente la respuesta.
—Humo —murmura Emery sin necesitar mirar hacia fuera—. Han encendido otra.
Me estremezco y aprieto los dientes.
—Dijeron que no quedaban brujas.
—También dicen que no hay hambre —replica ella—. Y míranos.
Echo un vistazo a lo que queda del trozo de pan que sostengo mientras la vela se consume. Emery se levanta y coge otra del mueble del aparador; la enciende con unas manos que ahora se mueven más rápido, y la llama prende de inmediato, tiñendo de cobre, por un latido, el rojo de su pelo. Luego, sin perder tiempo, desliza el tomo en el primer cajón, bajo el tablón, lejos de la vista de la puerta. Conozco ese gesto, porque el libro nunca está demasiado lejos, pero jamás lo deja expuesto.
—¿Crees que alguna de esas… de las portadoras… termina en la hoguera sin saberlo? —insisto.
La pregunta flota en el aire. Mi madre vuelve a carraspear, una tos estéril que parece querer empujar algo que se le quedó atascado en la garganta años atrás.
—Come lo que te queda de pan —me indica Emery, esquivando la respuesta—. Mañana tengo que estar en el molino antes del amanecer y no quiero oír tu estómago por encima de la rueda.
Capítulo2
El golpe en la puerta no suena como un golpe. El sonido se asemeja más al de un árbol derrumbándose. Tres hombres irrumpen con la misma brusquedad con la que se entra en un establo, portando consigo botas encharcadas de barro y miradas que no buscan personas, sino cosas. El cuarto permanece fuera, plantado en el umbral como una sombra envuelta en una capa.
—¡Emery Grimshaw! —exclama el primero—. Por palabra de testigo y señal de sospecha, quedas citada en la plaza central de Ashridge. Ahora.
Pierdo la respiración. No. Es imposible. Mi hermana, no. No acaban de entrar en casa. No acaban de pronunciar su nombre. A mí me encantaría que Em fuese bruja, pero no lo es. No. Mi hermana es lo único que tengo.
Doy un paso para interponerme, pero ella me cierra el camino con la mirada. No hace falta más para que sepa que quiere que me quede quieta. No hay manos cuando el mundo se cae; solo miradas que aprenden a ser duras.
—Dejad que coja un manto —pide Emery.
—No hará falta —gruñe el segundo riéndose entre dientes.
—Mamá —susurro, por si dice algo, por si un milagro ata la realidad a la silla—. Mamá, haz algo.
Mi madre parpadea una vez y vuelve al punto donde el aire es una pared invisible.
—¡Mamá! —grito con impotencia.
—Aloe, ¡basta! —chilla Emery. Casi no reconozco su voz, severa y fría.
Tengo la boca completamente seca y me quedo congelada en el sitio mientras veo cómo mi hermana es empujada más allá del marco de la puerta por uno de los hombres.
Mis ojos bailan de la puerta recién cerrada a mi madre, inmóvil, y por primera vez siento la misma rabia que creo que siente Emery cada vez que la mira.
—¡Somos tus hijas! —vocifero al tiempo que estallo en llanto—. ¡Somos tus hijas y no estás haciendo nada! ¡Van a matar a Emery y has dejado que se la lleven! Papá no está, pero nosotras sí. ¡Haz algo!
Y entonces ocurre: mi madre me mira y, por primera vez en años, el hueco cede. Sus pupilas se clavan en las mías y hay vida, algo intentando abrirse paso, algo que quiere decirse. Dura apenas un segundo, un latido, y luego la luz se apaga y su mirada vuelve al vacío de los últimos cuatro años.
Echo a correr. Si mi madre no hace nada, lo haré yo.
En la calle, el pueblo muestra la misma cara de siempre, la de quien preferiría no estar. Las piedras del suelo están mojadas y el barro guarda huellas viejas mezcladas con otras más recientes. Las campanas empiezan a sonar, como lo hacen cuando naces, cuando mueres o cuando alguien enciende una hoguera con intenciones impías.
—¡Que no soy bruja! —oigo gritar a Emery. Se lo suplica a todos, o a nadie.
—Ninguna lo es —le espeta el mismo hombre que la ha arrastrado por la puerta— hasta que lo es.
En la plaza, la madera está apilada con un cuidado que no se gasta en otras cosas. Han limpiado el cadalso de la hoguera y alguien ha pasado un trapo por el poste, como si el fuego fuera sagrado. Veo cómo Emery sube sin temblar, pero yo ya estoy temblando por ambas.
—Esto es una farsa —me quejo, y no sé si hablo a los hombres, al cielo o al libro dentro de la casa—. ¡Esto no es justicia!
Un murmullo recorre el contorno de la plaza. Reconozco a las personas que lo generan: mis amigos, mis vecinos, gente en la que confío. Allí está la dueña de la panadería a la que Em le vende la harina, el posadero que alguna vez nos ha dado restos de potaje y el hermano pequeño de Mildred, a quien Emery enseñó a leer. Pero ahora nadie parece conocerla a ella, ni a mí. Nadie se atreve a mirarme a los ojos. Mirar a una acusada o a quien la defiende es reconocer que existe.
El verdugo alza la antorcha. El humo se enrosca en un gesto lento, casi perezoso, antes de aceptar el trabajo. Emery mantiene la vista en el horizonte, no en la llama. Siento que el corazón se me sube al cuello, que quiere escapar por mi boca.
—¡Basta! —grito, y las palabras me dejan un regusto a metal.
Pero nadie me hace caso.
Siento una rabia que jamás pensé que podría sentir. Un calor se adueña de mi interior, igual que si fuera yo quien estuviera allí atada.
Salto al cadalso sin pensarlo. La madera cruje bajo mi peso y alguien me agarra de la muñeca para tirar de mí hacia abajo. Otro brazo me empuja con fuerza y mi hombro choca con el poste. La cara de Emery queda cerca de la mía y veo, con el rabillo del ojo, la antorcha bajar.
Y entonces el mundo se parte sin ruido.
Lo que ocurre después no es un estallido ni una explosión común, sino algo que hace que el aire recuerde que también puede ser piedra. La llama se dobla hacia atrás, la columna de humo se descose y la plataforma entera exhala un crujido. Los hombres salen despedidos a una velocidad incomprensible, y el murmullo se convierte en grito. Las campanas callan de golpe, o quizá sean mis oídos los que han decidido silenciarse.
Caigo de rodillas. No entiendo qué ha pasado. Miro hacia arriba, pero mi vista está borrosa. Aun así, soy capaz de percibir que el poste está vacío. ¿Y Emery? Miro a ambos lados. No hay rastro de mi hermana.
¿Qué ha sido esa explosión? ¿Habrá conseguido escapar Em?
—¡Bruja! —se oye en la distancia.
¿Es eso posible? ¿Mi hermana es bruja? Pero… ¿cómo ha podido ocultarlo durante todo ese tiempo?
—¡Atrapad a la bruja! —oigo de nuevo. Mucho más alto, mucho más claro, a pesar de tener todavía los oídos taponados.
«Atrapad».
Eso quiere decir que mi hermana ha sobrevivido. Quizá ha invocado un hechizo y…
—No, Loe —oigo decir a Em en mi cabeza—, las brujas no existen.
Pero claro que existen, tienen que existir, por eso ella ha logrado generar una explosión y escapar. Es lo único que tiene lógica.
—¡Ah! —Mis pensamientos se interrumpen de repente bajo una punzada de dolor, un dolor que no se parece a nada que haya sentido antes. Está fuera y dentro al mismo tiempo, como un puñal ardiente que me atravesara desde ambos lados. Pero ¿por qué? Emery nunca me haría daño—. ¡Aaaah! —El dolor es más agudo y cada vez se va concentrando paulatinamente hacia una parte de mi cuerpo.
Es mi muñeca izquierda, que arde, quema. Duele tanto que me la quiero arrancar. Me la miro, consiguiendo enfocar la vista. Veo algo grabado en mi piel. No…, es imposible…, no puede ser.
Ahí está, un símbolo que conozco demasiado bien, uno que he visto infinidad de veces en mi vida, pero nunca sobre mi piel, sino en el lomo de mi libro favorito.
El círculo cuarteado —sobre mí, rojizo, vivo, incluso brillante—, como si alguien me lo hubiera grabado a fuego con un hierro candente.
—¡Bruja!
Miro al origen de los gritos, intentando utilizarlos para localizar a mi hermana, ahora que la vista me ha dado una tregua.
Pero los gritos no van dirigidos a Emery…, sino que van directamente hacia mí.
Capítulo3
—Corre. —La voz de mi hermana resuena en mi cabeza. Me quedo paralizada. Emery no está aquí. Tampoco yo: mi cuerpo no me pertenece, las piernas no me responden—. ¡Corre!
Como despertando de una pesadilla, todo se aclara en un instante. Vuelvo en mí y salgo disparada sin mirar atrás, dejando todo a mi espalda, la plaza hecha astillas.
Llueve con fuerza. El aire me raspa los pulmones y el ardor de la muñeca no cede, late incandescente. Pero, por encima del dolor, mi mente solo alcanza a buscar respuestas: ¿Dónde está Emery? ¿Está herida? ¿Está…?
—¡Por ahí! —oigo detrás de mí.
Este no es el momento para bloquearme de nuevo. Si quiero encontrar a mi hermana, debo seguir viva. Y para seguir viva tengo que huir.
Solo se me ocurre un objeto capaz de explicar lo que está pasando, y es el libro cuya marca comparto ahora en mi piel. Tengo que llegar a casa.
Me meto por el pasadizo a la derecha de la panadería, por donde Em suele entregar la harina. El agua discurre como una vena sucia por el suelo. Resbalo, me apoyo en la pared de cal mojada y sigo avanzando.
Camino dos calles hasta poder esconderme en un callejón. Un dolor agudo me atraviesa la muñeca. Necesito ocuparme de ello antes de seguir. Me arranco un trozo del bajo de la falda y me lo ato con fuerza, cubriendo el brillo rojizo. Dos vueltas. Tres. El nudo duele, tanto que me dificulta pensar.
Me pego a los soportales, evitando pisar los charcos. Ando rápido, con la mirada baja y los hombros encogidos. Un grupo sale de una bocacalle; se mezcla a mi espalda y luego lo dejo pasar. Oigo a alguien susurrar «la pequeña de los Grimshaw» sin siquiera mirarme. ¿Por qué yo?
Entro en la taberna por la puerta lateral, la de los barriles. El calor me envuelve al instante junto al olor a madera húmeda y cerveza, y al murmullo de voces bajas. Cruzo con la cabeza gacha, contando mesas para no tropezar. Nadie quiere reconocerme en voz alta. En la cocina, el vapor vela los bordes. Junto al fogón veo un barreño y, sin siquiera planteármelo, hundo en él la muñeca vendada. Al principio el frío muerde, pero luego alivia. La quemazón retrocede un paso.
Me quito la tela, la escurro, me la pongo de nuevo y aprieto el lazo, volviendo a cubrir esa piel y, por primera vez, el dolor cede lo suficiente para que pueda pensar. ¿Qué es todo esto? ¿Las leyendas del libro son ciertas? Si algo tengo cada vez más claro es que he sido yo quien ha provocado la explosión en la plaza. ¿Significa eso que soy una portadora? Y si soy una portadora…, ¿quiere eso decir que las brujas originales son una realidad?
«Necesito el libro. Tengo que seguir».
Salgo por la trastienda hacia el patio y espero a que se acerquen dos hombres que van distraídos discutiendo. Me deslizo tras ellos y doblo hacia el camino del molino. La lluvia menuda borra las huellas.
Atajo por los huertos, como tantas otras veces he hecho con mi hermana. Me detengo bajo el alero antes de mi calle. Escucho. Un cubo, un portón, un cuchicheo. Nada que lleve mi nombre. Avanzo.
La fachada de mi casa sale a mi encuentro como siempre y como nunca.
La puerta está entornada.
Me detengo con la respiración en la garganta. Empujo ligeramente y me abro paso. Entro con cuidado, esperando un susurro, un reproche, una señal que me ancle a algo conocido. La vela junto al aparador sigue sobre el platillo, consumida hasta un charco de cera. El cuenco de mi madre, intacto, en su sitio de siempre. Ella, en su silla, con la mirada clavada en un punto que no existe.
—Mamá —susurro, sin reconocer mi propia voz.
Nada.
Cruzo la habitación en dos zancadas y voy directa al lugar donde está siempre. Abro el primer cajón del aparador y, a continuación, retiro la tabla suelta del fondo mientras mis dedos tantean a ciegas. Nada. Paso la mano por la hendidura, un poco más abajo, por si el libro hubiera resbalado, pero no lo encuentro.
Miro a mi alrededor, en el suelo, incluso detrás del saco de lentejas que casi siempre está vacío, pero nada. El libro no está. No puede haberse esfumado. Emery nunca lo deja lejos.
«Em…, ¿se lo ha llevado? ¿Alguien lo ha visto?».
Y entonces la madera cruje.
Levanto la cabeza. No es la casa quejándose del peso de la lluvia. Es un crujido vivo, de pasos humanos. Viene del cuarto donde dormimos, donde la pared se descascarilla con dibujos de humedad.
—¿Hay alguien? —pregunto, y odio el temblor en mi propia voz—. ¿Em?
La respuesta es el sonido seco de un cajón arrancado de su sitio y estrellado contra el suelo. Corro cerca de los fogones y agarro lo primero que veo con peso: el mortero de piedra. Me tiemblan las manos, pero aprieto los dedos hasta sentir que la piel se queja. La marca arde, sí, pero el miedo arde más. Me han encontrado.
Entro en la estancia y lo veo todo destrozado. Hay un chico de espaldas, encorvado sobre el arcón. Lleva una capa empapada y el pelo negro, mojado y ondulado, pegado a la nuca. Sus botas han arrastrado media calle hasta dentro de casa. Tiene la mano izquierda hundida en el fondo del baúl y, en la derecha, sostiene una especie de papel doblado.
—¡Fuera de aquí! —exclamo, con un tono menos imponente del que me gustaría.
Él se gira despacio, cualquiera diría que tiene todo el tiempo del mundo para obedecer o no; se mueve con una naturalidad propia de alguien que sabe que nadie puede impedirle nada.
Su rostro, color oliva, es afilado, y sus ojos, grises y desafiantes. Nos sostenemos la mirada durante lo que parece una eternidad.
Estoy segura de que no es un hombre de por aquí, tampoco de los de la plaza; no me suena de las colas del molino ni de los tenderetes del mercado.
Su vista desciende un segundo a mi muñeca, allí donde la tela no alcanza a taparlo todo. El brillo rojizo del símbolo asoma por el borde.
—Te encontré —pronuncia, casi sin voz.
Y ataca.
No le hace falta un cuchillo. Es rápido; en tres pasos está encima de mí, con la mano buscando mi garganta y el otro antebrazo empujándome contra la pared. Levanto el mortero por instinto, pero me atrapa el brazo a mitad de camino. El golpe sordo de mi espalda contra la cal vieja me arranca el aire y un quejido. Su cara está tan cerca que veo la sombra de mi propia piel reflejada en sus ojos grises.
—Engendro —murmura.
Le clavo la rodilla en el muslo con todas mis fuerzas. Él gruñe y suelta el agarre lo justo para que el mortero suba un palmo. La marca en la muñeca arde como si el símbolo quisiera salir a pelear por su cuenta. El cuarto se me empaña en los bordes, el aire se vuelve pesado, denso, igual que en la plaza un instante antes de la explosión. Necesito respirar, siento que me estoy ahogando. Y al bajar la guardia, el chico aprovecha la situación para agarrar el mortero y levantarlo con fuerza. Cierro los ojos.
Y entonces lo siento.
Pero no siento lo que espero sentir. No siento el golpe del mortero. Siento el mismo tirón en mi interior, el mismo empuje ciego que he sentido en la plaza.
El chico sale despedido, choca contra la pared y, al caer, su cabeza impacta contra el cabecero de la cama con un sonido limpio, horrendo. El cuerpo se le afloja y, golpeándose en el hombro, queda en el suelo de costado, medio girado. El papel doblado que lleva en la mano se le escapa y queda a su lado.
Permanezco quieta un segundo, sintiendo latidos en todos los músculos de mi cuerpo, pero especialmente en la muñeca. Mil pensamientos me atraviesan la mente. No, no, no puedo haber matado a esa persona. Pero ¿por qué está en mi casa? Hasta cierto punto está justificado que le haya hecho daño, ¿verdad? Sí, ha sido en defensa propia. Claro. Si yo no le hubiera…, quién sabe lo que él me habría hecho a mí y a mi ma…
—¡¿Mamá?! —grito mientras corro hacia ella.
Pero sigue ahí, sentada, inerte, sin percatarse siquiera de la situación. Respiro con un alivio que dura un segundo. El libro.
Vuelvo apresurada al cuarto. Miro en el arcón, en el suelo, aparto los restos de mi colchón, las pertenencias del chico…, nada. Ni rastro del libro. Pero algo atrapa mi mirada.
El símbolo de mi muñeca, el del libro, asoma en el papel que el muchacho tenía en la mano y que ahora descansa cerca de la pata de la cama.
Examino el pliego de papel, medio abierto, antes de cogerlo con las palmas sudadas y extenderlo del todo.
Hay una lista con varios nombres, escritos con una letra firme y casi bonita. En el borde, la misma marca estampada una y otra vez, como una garantía. Es en ese momento cuando uno de los nombres me golpea entre los ojos: Aloe Grimshaw.
Siento que el suelo se convierte en una cuerda colocada sobre el vacío. Trago. Bajo la vista a mi muñeca, a la carne roja y viva. La vuelvo a subir, al papel. Junto a mi nombre, siete más. Algunos de ellos con una línea que los cruza por encima, otros con manchas como de lluvia que han corrido la tinta. Me tiemblan los dedos. Al final del papel, en pequeño, otra palabra: «Aster». ¿Su firma? ¿Título? ¿Su nombre?
El chico deja escapar un gruñido muy bajito. Suficiente para saber que está vivo.
No pierdo un segundo y guardo la lista en el forro oculto de mi falda. Le palpo el cuerpo con torpeza para comprobar si va armado. En un bolsillo del pantalón lleva una bolsa de cuero con dos monedas pesadas atada con una pequeña cuerda. En el otro, una navaja plegada de hoja fina. Y, en la bota izquierda, un puñal.
—Natural. ¿Qué otra cosa, si no? —murmuro mientras alzo este último para mirarlo.
El chico vuelve a gruñir.
Me aparto, respiro y pienso deprisa. Podría matar a este desconocido. Podría clavarle su propio puñal y justificarme argumentando que ha sido en defensa propia. Podría decir que él se lo ha buscado, que ha entrado en mi casa sin permiso, que tiene una lista en la que consta mi nombre…
No puedo. Si lo hago, nunca sabré qué significan esos nombres. Y necesito respuestas.
Le ato las muñecas con un pañuelo, usando un nudo que aprendí de tanto ver a Emery asegurar sacos. Dejo la navaja sobre la mesa, fuera de su alcance, por si esa posibilidad existiera para un cuerpo que todavía no se mueve. Agarro el puñal, pero no me siento cómoda con él, así que lo dejo al lado de la navaja y cojo de nuevo el mortero.
Le empujo el codo con el pie.
—Despierta.
El muchacho no responde.
—¡Despierta! —Esta vez le doy una patada más fuerte en el brazo.
Se mueve. Abre los ojos a medias, una rendija gris que no termina de enfocar.
—¿Quién te envía? ¿Quién eres? —pregunto, con la voz más baja de lo que había planeado—. ¿Dónde está mi libro?
Los ojos grises me miran desde un lugar lejano. Parpadean dos veces. Hacen un esfuerzo y vuelven sin nada.
—¿Qué…? —pregunta él. Se toca la sien con las manos atadas y frunce el ceño—. ¿Qué… ha pasado?
—Has entrado en mi casa. Te has lanzado a mi cuello. Y te he… —vacilo y miro al vacío un instante, buscando una explicación dentro de la normalidad antes de centrarme de nuevo en él— pegado con mi mortero. Y puedo volver a hacerlo.
Busca alrededor con la mirada, como tratando de recoger las piezas y ponerlas en su sitio. No encuentra nada que reconocer.
—¿Quién eres? —insisto, esta vez más tensa—. ¿Cuál es tu nombre?
Silencio. Una arruga en la frente.
—No… no lo sé. —La voz le sale lenta, parece que le pesa.
—¡Mientes!
No me permito creerlo a la primera. Lo observo. Sus ojos tienen esa claridad opaca de quien ha perdido algo que usaba todos los días sin saberlo. Se toca la nuca, la sien, el hueso del pómulo. Cierra los párpados un segundo y cuando los abre solo veo una mirada confusa y vacía.
—¿No sabes nada? —pregunto—. ¿De dónde vienes? ¿Qué buscabas? ¿Quién soy yo?
Se humedece los labios.
—No lo sé —repite, y en su voz hay una grieta verdadera.
Siento, contra mi deseo, un hilo de alivio retorcido. El papel dentro de mi bolsillo pesa un poco más. No quiero que lo encuentre. Pienso en mi nombre en la lista. Pienso en la palabra al final: Aster. Y entonces tomo la decisión. No puedo decírselo. Si lo hiciera, podría desencadenar sus recuerdos. Él puede ser útil para darme respuestas, pero no si está intentando matarme.
—¿No sabes quién soy? —No sé si me lo pregunta a mí o a sí mismo.
—No. Pero creo que ya estabas confundido antes de atacarme. Me figuro que estarías asustado, buscando refugio —invento—, pero tienes suerte, porque te voy a ayudar. Y primero tenemos que ponerte un nombre.
—Un nombre… —repite, y sin duda el concepto le resulta extraño.
—Brynn —pronuncio, probando el sonido—. Te llamas Brynn.
Me mira, parece que de pronto ha encontrado algo a lo que agarrarse.
—¿Brynn? —susurra inseguro.
—Brynn —afirmo creyéndome mi propia mentira.
Él asiente despacio sin pensarlo.
—Y yo soy Aloe. Loe. —Ahora no miento, pero me siento como si lo hiciera. Mi nombre suena raro después de verlo en esa lista.
Fuera, las voces se acercan. «La bruja», dicen algunas. «La chica del molino», añaden otras. El latigazo del símbolo vuelve a arderme en la muñeca. Me tapo la venda y lo que deja ver de la marca con el borde de la manga y aprieto los dientes.
—Tenemos que irnos.
Miro a mi madre, que sigue sentada, quieta, callada. Me acerco y me arrodillo a su lado. Le cojo la mano. Está tibia: esa tibieza triste de las cosas que se quedan a medias.
—Volveré —le aseguro. No sé si es verdad, pero necesito una frase que me sostenga—. Te lo prometo. La vecina cuidará de ti.
Entonces ocurre algo tan extraño que lo siento como un sueño: mamá aprieta mi mano, apenas. Y habla:
—Em… Emmm… Emery —balbucea, y, por un instante, sus ojos reflejan una emoción. Miedo.
Casi no recuerdo la voz de mi madre, pero no tengo tiempo para sorprenderme.
—Estará bien —afirmo, intentando convencerme más a mí que a ella—. La encontraré.
Y vuelve el vacío. Su mano deja de apretar.
Me levanto y rebusco en el arcón hasta dar con un pañuelo largo con el que improviso un vendaje para la cabeza del muchacho. Recojo la navaja y el puñal y me los guardo. Busco pan duro en la alacena y lo meto en un saco junto a la bolsa de cuero de él.
—Brynn —digo, y el nombre ya no me suena tan ajeno—, te vas a levantar. Vamos a salir por detrás. No vas a hablar con nadie. Si preguntas, hazlo en voz baja. Si recuerdas algo, me lo cuentas a mí primero. Si mientes, te vuelves a abrir la cabeza.
Hace una mueca que quizá es una sonrisa torpe o quizá solo dolor. Se incorpora con mi ayuda. Se tambalea. Le sostengo el codo con una mano donde antes le he pegado una patada y, con la otra, sostengo mi propia muñeca, la marca como un hierro al rojo.
Cruzamos la casa. No miro atrás. Empujo la puerta trasera, la que da al patio pequeño. La lluvia ha amainado y el mundo huele a madera mojada y a humo viejo. Detrás de la tapia, el callejón parece mucho más largo que nunca.
Echo un último vistazo a la habitación donde mi madre sigue mirando hacia ninguna parte. El libro no está. La lista, sí. Emery, en algún lugar. El pueblo, respirando por bocas prestadas.
—Encuéntrame —le pido en silencio a mi hermana.
Entonces tiro de Brynn y juntos nos metemos en el callejón, en dirección a donde no tenemos nada excepto preguntas. El círculo de mi muñeca late, pero no más fuerte que mi corazón.
La caza ha empezado de verdad.
Capítulo4
El barro nos traga los tobillos a la salida del pueblo y nos escupe en el lindero del bosque. No hablamos. Llevo el paso, y también el mortero envuelto en un trapo dentro del saco a modo de arma respetable. Brynn avanza a mi lado con la mano en la venda y la mirada frustrada de quien intenta recordar algo que huye si lo miras de frente.